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¿Qué hay detrás del anuncio de Microsoft sobre los estándares abiertos?

Estamos hablando de la misma empresa que construyó un monopolio
sobre la base de formatos y protocolos secretos, aquella para la que
compartir ese tipo de información con sus competidores era “”. ¿A qué se debe este cambio de actitud? ¿Qué pasó?

Pasaron al menos dos cosas

Pocos días más tarde, una de las razones del sorpresivo cambio resultó evidente: la Unión Europea impuso a Microsoft una multa de €899.000.000 por
no haber cumplido adecuadamente con las órdenes de la corte que, en el
2004, había encontrado a la empresa culpable de abuso de poder
monopólico.

En aquel momento, la UE ya había impuesto a Microsoft una multa de €497.000.000,
y le ordenó poner en funcionamiento mecanismos mediante los cuales sus
competidores pudieran obtener la información necesaria para construir
programas interoperables. El plazo para hacerlo era de 120 días pero,
cuatro años más tarde, la corte todavía estaba esperando que Microsoft
cumpliera, y de allí la multa.

Por otro lado, ocurrió que tanto la Unión Europea como otros
gobiernos y organizaciones están dándose cuenta de que la dependencia
de Microsoft Office no es una fatalidad inevitable, que Microsoft deliberadamente construye sus aplicaciones de modo que sean incompatibles con el resto del mundo,
y que la manera de salir del atolladero es asegurarse de usar programas
que almacenenen sus datos utilizando estándares abiertos.

La característica distintiva de los estándares abiertos es que
cualquiera puede implementarlos en igualdad de condiciones. Eso permite
que distintos proveedores construyan diferentes programas que comparten
un formato pero compiten entre sí en función de sus prestaciones. De
este modo, un organismo que hoy usa el programa X para su procesamiento
de textos, mañana puede decidir que el programa Y es más bonito, y
cambiar de programa sin temor de perder los datos que almacenó usando X.

No son pocas las administraciones públicas que han decidido, o están
considerando la decisión de utilizar únicamente programas de oficina
que almacenen sus datos en formatos estándar y abiertos.
Afortunadamente, desde el 2006 existe un estándar para documentos de
oficina: Open Document Format, también conocido como ODF, o ISO/IEC 26300, y existen programas de distintos proveedores que lo soportan. Lamentablemente, Microsoft Office no está entre ellos.

Esto se debe, por cierto, únicamente a una decisión comercial de
Microsoft: siendo que literalmente cualquiera puede implementar ODF, no
hay ningún obstáculo a que ellos también lo hagan. Incluso si ODF no
les alcanzara, por alguna razón, siempre estuvieron invitados a la mesa
a discutir maneras útiles de actualizar el estándar. El problema es que
soportar ODF significa una seria amenaza para el modelo de negocios de
Office: un usuario que puede almacenar sus documentos en ODF puede
elegir, y cabe la posibilidad de que en su próxima adquisición de
software no elija Office, sino OpenOffice.org, KOffice, Abiword o algún otro programa de otro proveedor.

Para evitar eso, Microsoft prefirió insistir por todos los medios (incluyendo algunos más bien non-sanctos)
en que su propio formato, OOXML, sea reconocido como estándar. OOXML es
para ellos mucho menos peligroso que ODF: si bien tiene un cierto
barniz de apertura, Office 2007 es la única suite de oficina que lo
soporta efectivamente, y la especificación es tan compleja y llena de
idiosincracias que resulta muy costoso implementarla para cualquiera
que no sea Microsoft. Aquí también podemos reconocer uno de los motivos
de los recientes anuncios: la empresa necesita convencer al mundo de
que ha cambiado sus modales en el momento en el que OOXML está pasando una dura prueba en el hasta ahora infructuoso camino a convertirse en un estándar.

¿El vaso está medio lleno, o medio vacío?
Por
cierto, las razones por las que Microsoft cambie o no su política de
interoperabilidad pueden ser interesantes desde el punto de análisis,
pero son irrelevantes a la hora de juzgar su efecto: lo importante es
que lo haga. Veamos entonces lo que Microsoft ha anunciado, y hasta qué
punto facilita la interoperabilidad con sus competidores, tal como le
ordenó hacer la corte en la Unión Europea.

Lo primero que uno esperaría encontrar en un anuncio que tiene
conexiones abiertas, portabilidad de datos y soporte a estándares entre
sus principios rectores es, precisamente, una promesa de respetar los
estándares existentes. Por ejemplo, Microsoft podría corregir su
navegador, Internet Explorer, y sus herramientas de desarrollo web,
para que respete los estándares de la W3C,
quien define los formatos y protocolos de la WWW. Eso ahorraría a todos
los usuarios de Internet los odiosos carteles de “Diseñado para
Explorer” que hoy se encuentran en muchos sitios.

Otro anuncio que parece necesario en este contexto es el abandono
del proceso estandarización de OOXML como formato separado, y el inicio
de un esfuerzo para desarrollar de ISO/IEC 26300 conjuntamente con el
resto de la industria. Lamentablemente, nada siquiera remotamente
parecido a esto está en el anuncio. Microsoft sólo promete documentar
la manera en la que implementa estándares, cuando lo hace, pero no
promete respetarlos. De hecho, Microsoft ya dejó claro que no se compromete a respetar el resultado de la estandarización de OOXML si en él hay alguna cosa que no le convenga, y nada parece haber cambiado en esa postura.

Más allá de esta primera decepción, Microsoft está publicando, en
forma gratuita, la documentación de sus protocolos y formatos. El
problema es que, quizás fruto de las muchas veces que la comunidad de
software libre tuvo que explicar que libre y gratuito son cosas
completamente diferentes, Microsoft terminó por entenderlo: si bien no
hay obstáculos al acceso a esta información, no queda del todo claro
que sea posible usarla libremente. Esto se debe a que las
especificaciones constituyen, a los ojos de Microsoft "valiosa
propiedad intelectual", y por lo tanto una cosa es mirarla, y otra
tener permiso para usarla. Para lo último, Microsoft ofrece a
desarrolladores y usuarios licencias en términos "razonables y no
discriminatorios". En síntesis, esto quiere decir que si yo escribo un
programa basado en estas especificaciones generosamente entregadas por
Microsoft, es posible que mis clientes, o yo mismo, me encuentre más
adelante teniendo que pagar una licencia a Microsoft ¡por software que
ellos no escribieron!

Para comprobar la validez del último párrafo, vale la pena detenernos en la "promesa relacionada a patentes para desarrolladores open source".
Allí dice que Microsoft promete que no ejercerá sus patentes de
software para impedir el desarrollo de programas libres no comerciales
que usen los protocolos y formatos publicados, pero aclara expresamente
que la única actividad a la que esa promesa se aplica es al desarrollo,
y no al uso del programa, o su comercialización en cualquier forma.

El contenido del vaso está podrido
No
puedo negar que admiro la tenacidad de Microsoft: aún acorralados por
la ley y por sus propios usuarios, se las arreglan para montar un show
de luces y ofrecernos veneno envuelto para regalo. Y no lo digo yo: lo
dice el Gartner Group.

Un detalle interesante, sin embargo, es que la estrategia de
Microsoft para cobrar licencias por programas de otros no funciona en
Argentina, ni en la mayor parte de América Latina. Esto se debe a que
está basada principalmente en patentes de software, que en nuestros
países son inválidas gracias a que nuestras leyes de patentes
explícitamente excluyen a los algoritmos y los programas de computación
de la posibilidad de ser patentados. Lamentablemente, es posible que
aquellos países que han firmado tratados de los que EEUU irónicamente
llama de “libre comercio”, como Chile, México y Costa Rica no tengan
tanta suerte.

Mi bola de cristal me dice que se aproxima una nueva ola de presión
de parte de EEUU para intentar forzarnos a acerptar las patentes de
software, aún pese al hecho de que los daños que las patentes de software han causado en su propio país. Ojalá nuestros representantes tengan la entereza de defender nuestros intereses en ese trance.

Federico Heinz es presidente de la Fundación Vía Libre

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CC-by Federico Heinz

 

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